Un mundo de locos

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Algunas trayectorias juveniles en los dos extremos de distribución de la riqueza, de María Carman, publicado en Revista Topía No. 80, ISSN 1666-2083. Dossier Identidades en tiempos neoliberales, descarga al final del artículo.

por Amanda Díaz para Argentina en Red

La juventud es el segmento más pobre de nuestra sociedad. Tal vez el menos contenido. El estado no dispone de recursos para promover comunidad ordenando el juego y es muy entendible que vean esta sociedad como un mundo de locos, tal y como subraya María Carman en este artículo que invitamos a descargar y leer.

Los trayectos inversos: cartoneros bonaerenses que se desplazan al centro de la ciudad para sobrevivir a partir del acopio de mercadería y clases acomodadas que “huyen” a la periferia para “sobrevivir” de lo que comúnmente es mencionado como el “flagelo de la inseguridad”

María Carman

Los Countries como cárceles camufladas de verde con cerco perimetral, aisladas del territorio natural en contraste con las urbanizaciones populares, deja mucho para pensar. Sólo los cientos de miles de litros diarios de combustible , peajes, comidas y otros gastos, serían suficientes para cambiarlo todo. La pandemia provocó mucha reflexión sobre el tema.

Imaginate un Ingreso Universal que redistribuya la riqueza, convirtiendo a nuestra comunidad en una sociedad justa, digna y sostenible.

[En los más pobres], (…) todas las etapas del ciclo de la vida se aceleran: un corto pasaje por la escuela para luego entrar, rápidamente y con escasas calificaciones, al mundo del trabajo; una precoz maternidad o paternidad, poco tiempo entre cada hijo y una salida temprana del mundo laborar para, finalmente, morir antes.

Kessler 2011: 3


(¿Para qué construimos vallas?
No hay nada que podamos dejar fuera).

Margaret Atwood

Algunas trayectorias juveniles en los dos extremos de distribución de la riqueza

de María Carman

¿Es la periferia, aun hoy, un espacio asociado al desencanto? Como señalan numerosos autores, resulta innegable el hecho de que las villas y asentamientos populares del Gran Buenos Aires no han dejado de aumentar, tanto en niveles de hacinamiento como en densidad. Asimismo, ya es un lugar común suponer a los piqueteros o cartoneros que demandan, acampan o juntan mercadería en la ciudad capital como “naturalmente” provenientes de algún oscuro, malsano e inexpugnable rincón del Gran Buenos Aires. La suma de estas circunstancias nos evoca la doble herencia de la voz periferia que señalan Hiernaux y Lindón respecto de las ciudades latinoamericanas:


…por un lado, la herencia geométrica propia de la palabra periferia (la circunferencia externa), por otra, es heredera de la teoría social de los años sesenta. Esto último implicó enfatizar la componente dicotómica con un fuerte sesgo económico: la diferenciación entre centro y periferia, entre dominantes y dominados, pobres y ricos (…) La conjunción de ambas herencias vino a dar un nuevo sentido a la voz: la circunferencia externa a la ciudad en la cual están los pobres, (…) los despojados.

(…) En esencia, esas dimensiones con las que se va engrosando la voz ‘periferia’ son la referencia a la miseria, a la informalidad, la condición de área “dormitorio” y la irregularidad del suelo y la vivienda.
Hiernaux y Lindón, 2004: 111 y 112. Las bastardillas son mías.


En sintonía con la mirada de estos autores, creo que es necesario matizar la referencia unidimensional a la periferia como un territorio “chato” y sin relieve. Las trayectorias residenciales y laborales de distintos habitantes de la periferia de Buenos Aires que veremos a continuación contradicen tanto la falta de valor atribuida a la periferia como su mera condición de área dormitorio.
En primer término, la “huida de la ciudad” de cierta clase media y alta que se instala a vivir en urbanizaciones cerradas suburbanas se articula con una dotación de valor a esas tierras antes devaluadas. Si bien los partidos alejados de la ciudad capital han tenido históricamente –como bien demuestra Calello (2000)– altos índices de pobreza y carencias de infraestructura, esa desventaja inicial no ha impedido una proliferación de barrios privados, favorecida por la extensión de las autopistas y el acceso a lotes económicos. Los emprendimientos privados fomentan además una visión idealizada de su emplazamiento periférico: la distancia respecto de la ciudad es ponderada en tanto antítesis del caos y los peligros; e ingenuamente minimizada al presumir que solo se encuentran a quince minutos del obelisco, pese a que los residentes
bien saben del tortuoso periplo hasta el centro con un tráfico rutinariamente colapsado.
Esta mudanza de clases medias y altas hacia la periferia contrasta con la mudanza de los sectores más pauperizados del Gran Buenos Aires a la ciudad capital durante los días hábiles, como un modo de asegurar su supervivencia. En efecto,
familias enteras consolidaron durante años la práctica de dormir con la mercadería recolectada en plazas céntricas, playones ferroviarios o bajos de autopista, debido a la suspensión del tren blanco que los transportaba, y la imposibilidad de trasladarse cotidianamente a la provincia por sus propios medios. El área dormitorio lo constituyó, en este caso, no el remoto domicilio del Gran Buenos Aires sino el más pragmático espacio urbano porteño, cercano a sus circuitos de recolección.

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